El talento de amar

Si no soy yo para mí, ¿quién será para mí? Pero si soy solo para mí, ¿qué soy? .  Rabbi Hillel

¿El ser humano tiene el talento y la facultad innata de amar o es un asunto que precisa esfuerzo y educación? Me atrevería a asegurar que comparte ambas condiciones: se nace con esa facultad y además se requiere de una ardua ejercitación de la misma para poder hacerlo de manera sana y equilibrada. Amar reclama esmero, coraje y tesón.

Recordemos entonces que una de las principales características del amor es velar y procurar todo el tiempo por el bien del otro. Desde esta premisa, amar busca y exige que el otro sea el eje principal de mis acciones y motivaciones. Que prevalezca el bien del otro antes que mi bienestar ya es un asunto para el cual, desde mi punto de vista, no estamos del todo preparados, por ello será preciso y necesario… aprender a amar.

Pero ¿existe un manual que nos indique cuál es la manera correcta o adecuada de hacerlo? Para este interrogante solo me queda decir que amando es la única manera en la que se conoce, aprende y perfecciona tan digno sentimiento. Y como en todo proceso de aprendizaje, existirán momentos en los que sentiremos que la lección no está siendo del todo aprendida o que hay cierta incomodidad por interiorizar o modificar asuntos que creíamos ya saber, o que al ser una tarea tan exigente será mejor dejarla a medio hacer. Por ello me atrevo a asegurar que amar será un aprendizaje que nos acompañará durante toda nuestra existencia. Que implica, como todos los talentos, ejercitar y practicar diariamente.

Por lo anterior y para acercarnos a esa característica principal de amar, que es privilegiar el bienestar del otro ante el propio, quisiera detenerme en un tipo de amor muy específico y concreto: el amor propio; aunque suene algo contradictorio, solo el amor propio puede enseñarme a amar al otro: si carezco de la fuerza, la vitalidad y la dignidad que me permitan buscar el propio bienestar sin quedarme en el total egoísmo o la vanidad, podré con mayor facilidad sentir bondad y amor por un ser completamente desconocido y ajeno a mí. En caso contrario, si existe ausencia de amor propio, en menor medida podré ver al otro con empatía y ternura o en menor medida buscaré su bien.

Por todo lo anterior, es preciso recordar que amar es una tarea ardua y rigurosa, que amar es velar porque los intereses del otro se privilegien ante los propios, asunto que no se consigue en un parpadear dado que nuestro deseo de perseverar o el llamado instinto de supervivencia buscará siempre el bien egoísta y personal. He allí donde radica la misión de elevar nuestra capacidad de amar y, ¿cómo lograrlo?, quizá pueda servirnos una recomendación que algún día leí, la cual decía más o menos así: la mejor manera de amar al otro es mirarlo sin expectativa alguna, juicio o verdad creada por nuestro mirar, es decir, verlo como quien ha transitado por el mundo sorteando mil peligros y que, aun así, conserva en su sonrisa las alegrías halladas en su andar. También será preciso mirar al otro sin buscar en él algún tipo de culpabilidad, pues amar al otro es acompañarlo respetuosamente en su caminar, inclusive si se encuentra sumido en un profundo egoísmo que lo mueve a actuar tal vez de manera indebida.

Todos estos son asuntos que funcionan de manera bidireccional: el otro potencia mi existencia y me ayuda a surgir cuando el amor en mí, en todo el sentido de la palabra, tiende a desaparecer. Existe una bellísima frase que condensa perfectamente los párrafos anteriormente escritos, pronunciada hace algunos miles de años y que considero totalmente pertinente y vigente: ama a tu prójimo como a ti mismo”.

Por Joyce Echeverry

Asistente pedagógica

Jardín Infantil Pelusa

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